Tandil

Clima electoral

Por Gonzalo Grela





El actual intendente de nuestra ciudad está a punto de perder las futuras elecciones de octubre. Acaban de darse los resultado de las elecciones primarias (en el agosto en curso) y se ha dado una especie de empate técnico o de diferencia mínima de votos. Es cierto que esa mínima diferencia es a favor de nuestro intendente en funciones, pero todos los analistas han acordado que entre el desgaste que acarrea por sus consecutivos mandatos, y la posibilidad de que su oposición política (en las fórmulas presidenciales) esté también a un paso de la victoria hacen que su derrota sea inminente: y el propio intendente también lo sabe.

Es lunes, día siguiente a las elecciones primarias. El intendente se ha levantado a las cuatro y media de la mañana, por no decir que no ha pegado un ojo en toda la noche: pensando la estrategia política para no perder lo que podría ser su quinto mandato consecutivo.

Lo que se hará hoy lunes en la ciudad, un día después de las elecciones primarias, si bien pertenece a la estrategia, ya viene pensado hace años. Hace poco más de un año que se acopia material para reparación de calles, y repavimentación, luminaria, habilitación de nuevos espacios, juegos para plazas, policías a las calles, barrenderos, malabaristas profesionales del Cirque Du Soleil en los semáforos, y más. Pero el intendente sabe que no es suficiente, sabe que perderá las elecciones.

Han pasado algunas horas y amanece. El intendente sale al balcón del palacio municipal, ninguno de su equipo de gobierno sabe que a veces duerme allí. Sale al balcón, es una especie de Perón venido a menos ya que no viste religioso uniforme milico, sino piyama a cuadros. Extiende los brazos y saluda con gesto leve de ambas extremidades. Llena los pulmones de aire helado y culmina la escena tomándose las las manos alzadas a la altura de la cabeza, gesto que inmortalizó a Raúl Alfonsín. Quien lo hubiera visto, se habría pasmado de incomprensión histórica, y estética.

Hay una muy gruesa escarcha, una helada robusta como hace años no se ve. Piensa que tiene que lograr lo que nadie haya logrado jamás, para ganar las próximas elecciones generales. Es ahí cuando, aún en piyama, decide que la escarcha, esa helada totalitaria, es una señal. No es un signo poético y lejano, no es un arcano, privado y solitario. Es una comunicación del destino.

Ilustra: J.C. Thomas
Ilustra: J.C. Thomas

Escribe un comunicado para que sea repartido por todos los medios de comunicación. Allí aclara que la escarcha ha sido muestra de dos hechos. Primero, de que el clima está a su favor. Segundo, que el electorado no ha demostrado su devoción tan fuertemente como era necesario para que nevara. Si los ciudadanos quieren que en la ciudad, además de primar el frío polar, incluso logrando las temperaturas más bajas del país, también quieran gozar de la nieve: espectáculo que nunca sucede aquí; deberán votar por él, obviamente.

De ahí en más, y contra todo consejo de sus asesores de imagen, y de campaña, toda ésta se centrará en la nieve: carteles, slogans, canciones, pancartas, debates televisados. Todo gira en torno a la nieve.

El 21 de agosto, sin pronóstico que lo anticipara, nieva. Como nunca en la historia de la ciudad, nieva. Todo queda cubierto de blanco, con un espesor de cinco centímetros de la más pura y real nieve. Las clases se suspenden, y los chicos salen a jugar en la nueva postal. Algunas escuelas ortibas, que no suspenden el dictado de clases, deben soportar la conducta incivil de los alumnos que no hacen caso a los repetidos llamados de sus maestros que los quieren forzar a entrar al aula, mientras se sacuden bolas de nieve los unos a los otros.

El intendente llora de felicidad en su oficina, mientras le dice “viste viejita, lo logré” a la foto de su madre que tiene sobre el escritorio. A partir de ese día, no solo se suspende toda la campaña: afiches, discursos, volanteadas, debates; sino que además se dejan de reparar calles, baches, alumbrados, etc. Toda la actividad municipal, menos la burocrática, se detiene. Y octubre llega en un suspiro.

            Es sábado 26 de octubre, día anterior a las elecciones. Toda la semana ha hecho un calor de locos. Temperaturas históricas logradas cubren la tapa de los diarios todos los días. Hoy hace 33 grados. El hospital no da a basto con casos de deshidratación causados por el calor y el consumo de alcohol. Se corre la bola de que parece que suspenden las elecciones, de hecho en algunas provincias así sucede. Aquí no, todo transcurre como si nada. Llega la noche, y lo único que trae es oscuridad. Hace un calor espantoso. El intendente no se puede dormir. Nadie puede, con este calor de mierda. Pero a eso de las tres y media de la mañana comienza a soplar el viento sur, y lo que en un rato era un soplido de frescor, en media hora se convirtió en un vendaval. Arrecia luego una lluvia feroz, granizo, y hasta una aguanieve, que mezclada con el granizo podríamos decir que también era nieve. La temperatura baja más de 20 grados, y todas las mentes abrumadas de la ciudad duermen. Caen en un sueño reparador, como quien vuelve de vacaciones y renueva el amor con su cama y su almohada.

Un 40% del padrón no asiste al acto eleccionario porque se levantan pasadas las seis de la tarde, cuando los comicios han cerrado ya. El intendente pierde las elecciones. Nunca más, en la historia de la ciudad, vuelve a nevar.

Cuento: Clima electoral

Autor: Gonzalo Grela

Ilustra: J.C. Thomas





































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