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Javier Levigna: “La universidad me formó como persona”

Las pupilas del cronista —que elige trabajar el oficio como lo enseñara Roberto Arlt, entre las luces, sombras, ruidos y silencios de la calle— observan a un muchacho con un balde en la mano. Sube al colectivo amarillo y pide en voz alta la ayuda de los pasajeros para costear su viaje desde el centro hasta la esquina de Machado y Colón. Es una postal cruda, un símbolo de este tiempo de contrastes que cruza la fragilidad social con las ganas de salir adelante. En esa misma clave de esfuerzo, Javier Levigna, una de las voces periodísticas más escuchadas de la región, evoca su propio pasado y su elección de vida. “Era estudiante de Veterinarias y, para bancarme la carrera, me hice chofer del ‘marrón’. Terminé llevando a mis propios compañeros al campus”, relata. El hombre al volante se convirtió en la punta de lanza de una trama de existencia forjada a fuerza de autodeterminación y libertad.

Levigna vino desde Azul a estudiar en una época de transición histórica, cuando la UNICEN funcionaba en las sedes de Pinto y Chacabuco. Eligió el transporte público como trinchera para costear sus estudios. Cuando se recibió de médico veterinario, su vocación pública lo llevó a ser director de Bromatología durante la gestión de Gino Pizzorno en 1987. El destino quiso que, mientras él manejaba, se iniciara el traslado de la comunidad académica hacia el actual campus universitario detrás de la Ruta Nacional 226; de ahí la mística de haber sido el chofer de sus propios pares.

Su compromiso no fue solo de cara a los libros. Como estudiante, habitó los pasillos de la política universitaria: fue dirigente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Veterinarias y uno de los tres únicos representantes estudiantiles en aquel Consejo Superior normalizador que sentaba las bases de la institución. La universidad, dice, le dejó convicciones, herramientas y el concepto sagrado del sacrificio.
“Cada vez que voy a una marcha universitaria, además de manifestar mi opinión política, voy a agradecer. Cada vez que Carlos Lanusse —una eminencia científica en Veterinarias— se acerca a agradecerme en esas instancias, yo le respondo que el agradecido soy yo. La universidad me dio todo. Me formó como persona, me hizo responsable, estudioso, ambicioso en el saber y constante. No aprobé todos los exámenes; creo que desaprobé siete finales y tres fueron en la misma materia. Me dio valores fundamentales que después transmití a mis hijos», reflexiona Levigna. Su compañera de vida, Claudia, comparte esa misma matriz de esfuerzo: hija de empleados municipales de Tandil, viajó a la costa para recibirse de abogada en Mar del Plata. «Por eso a nuestros hijos les transmitimos que estudiar no es una herencia del azar ni algo que se logra viendo pasar el tiempo; requiere cuerpo, tenacidad y convicción”.
Para Levigna, el paso por las aulas transforma la estructura humana: “La universidad construye una persona distinta. Te saca de esa adolescencia de los vínculos de amistad y diversión del secundario para moldearte como un individuo definitivo. La consecuencia, la insistencia y la obstinación por aprender me las dio la universidad”.

A las puertas de un nuevo Día del Periodista, este retazo de la vida de Javier Levigna invita a pensar la educación superior no solo como una fábrica de profesionales con título, sino como una cantera de ciudadanos con templanza. Como sostenía el sociólogo francés Pierre Bourdieu, la educación no es un mero trámite de acreditación burocrática; es la adquisición de un habitus, una nueva matriz de percepciones, una estructura interna que le permite al individuo pararse, mirar y actuar de manera definitiva en el mundo.





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