El sabor de lo Casero y el juego sagrado

No te la puedo creer, TyC Sports. Y eso es una pena, lo sé. Me lo pierdo, me hago cargo. Te veo ahí: en la ferretería, en la vidriera del gimnasio, en el taller… y no lo puedo entender. Millones de ojos consumidores de cuerpos que parecen lienzos para el tatuaje; campos de juego que de juego ya no tienen nada. Y esos diálogos repetitivos, breves y monosílabos, como vedettes de un tiempo al que ningún ser humano sano y silvestre se debería acostumbrar. Por suerte, pensándolo bien.
“La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía”, susurra desde el cielo de los buenos —o el infierno de los pillos— Eduardo Galeano.
Y el autor de esta nota siente algo así. Algo que intenta mojarle la oreja al mega relato de ese Satán que devora la niñez creativa con pirotecnia mercantilista global. Un arma que, la verdad, parece invencible.
Sin embargo, para la dicha del escribiente, el dial siempre ofrece refugio. Es ahí donde todavía anida esa estrella danzarina de la que hablaba Friedrich Nietzsche, el gran filósofo alemán. Basta encender la caja mágica para que en el aire empiecen a flotar, como mariposas atrevidas, las voces de esos gigantes con alma de purretes.
“¡Un abrazo para la gente de De la Garma! ¡Qué hermoso lugar, por Dios! ¡Qué ganas de estar ahí nos da!”, dice el relator. Entonces el oyente fiel siente que la Torre Eiffel, el Coliseo y la mismísima Estatua de la Libertad se derrumban en el mapa de los deseos porque el protagonismo inigualable ahora es de un pueblito de provincia, casi olvidado.
Si uno fuera entrevistado por Levigna y Casero, con la potente voz de Chifflet de fondo, sentiría unos nervios insoportables. Claro, se daría cuenta de que la verdadera hazaña deportiva y artística nace desde esa cabina. Porque ahí, posta, se dibuja con palabras un mundo mejor.
Con afecto y admiración para mis duendes de la radio: Juan Ignacio Casero, Javier Levigna y Gustavo Chifflet, que desde FM La Compañía de Tandil transmiten el Mundial 2026. Ellos, como antes Fioravanti, Muñoz y Víctor Hugo, sembraron en el éter la semilla de la poesía.
Por Alejandro Latorre



























